18 ago 2022

«No oigo a los niños jugar» de Mónica Rouanet

 

Tras un grave accidente de coche, Alma, una joven de 17 años, sufre un shock postraumático y es ingresada en una clínica psiquiátrica ubicada en un antiguo edificio rehabilitado. Allí convive con otros internos y sus patologías y se cruza con unos niños a los que solo ella puede ver. Poco a poco, la historia del edificio y sus antiguos ocupantes se enreda con la realidad de Alma y la lleva a desentrañar oscuros secretos encerrados durante años entre las paredes de la enorme casona y en su propia mente.


Datos técnicos

Editorial: Roca Editorial (2021)

Nº de páginas: 300

Formato: Tapa dura / Versión Kindle

ISBN: 978-8418417283

Precio: 17,95 € / 2,84


Impresiones

No es la primera vez que saco a la palestra a esta interesante escritora  quien, poco a poco, se ha posicionado firmemente en el panorama literario español; su mérito tendrá… Su mérito tiene… Y es que con esta novela vuelve a sorprender tanto por el continente como por el contenido.

Comencé a leer esperando encontrar una historia de suspense con ciertas remembranzas a Los Otros e incluso a El Orfanato, y confirmo que mi instinto no me engaña, al menos demasiado. No obstante, en el argumento se introducen elementos de cambio, discordantes con los títulos previamente citados, que crean el ambiente necesario para disfrutar, aún más si cabe, de estos hechos acaecidos en una Institución de Salud Mental (vulgo manicomio) un tanto peculiar pues el uso que se daba a dicho edificio, vetusto, era el de un colegio para niños sordos que fue clausurado bajo excepcionales circunstancias.

El mérito de Rouanet no sólo reside en inventar sino en hacerlo como lo hace, añadiendo gotas de tensión a… la rutina. Sí, la rutina de un edificio cerrado en el que habitan adolescentes trastornados, algunos con la virtud de ver y escuchar a niños que podrían estar compartiendo alojamiento en circunstancias especiales. Y es el diálogo entre seres de dos mundos el que tiene el significado de sal en este sugerente guiso.

Se trata de un texto basado en diálogos, y es fácil penetrar en ellos y hacerlos propios, adivinando un final que no por esperado se hace menos interesante pues el interés está en el desarrollo, en los detalles y no en el fin mismo.

En ocasiones se percibe un ambiente opresivo si bien no es la opresión la consigna del argumento, trenzado con gusto e incluso con cariño, resultando un producto apto para el consumo de todos los paladares, que serán llevados “en volandas” a través de la presentación, del nudo y del desenlace, un vuelo literario sin sobresaltos en el que las preguntas se que vayan formulando se irán resolviendo paulatinamente de un modo paralelo.

A veces se oyen jugar a los niños, los niños hacen ruido al jugar, pero no todos los pueden escuchar, oír, pues sus voces de ultratumba, angelicales e incluso risueñas, requieren una sensibilidad especial que no todos poseen.

Inolvidables los personajes de Mama Luisa o de Diego, sin restar protagonismo a Alma y a Luna, heroínas indispensables, necesarias e hilos conductores de la trama que podría haber sido gótica y resulta ser incluso romántica. Por su lado, Bernardo supone el contrapunto, como la misma obra que termina tapiando las zonas nobles de un edificio en el que parece complicado que pudieran ocurrir las cosas que se narran y que, en el fondo, dotan de misterio los distintos tiempos separados por la voz.

No oigo a los niños jugar es una buena novela que merece la pena ser leída y analizada, dejando, como los vinos, un sabor distinto en cada paladar. Por ello, recomiendo maridar su lectura con un buen queso, la luz tenue de una lámpara opaca y un mullido cojín sobre el que descargar los sentimientos que vayan acudiendo a nuestros miembros, bien posicionados en relación a la suave tapicería.

Y, por supuesto, sigan mi ejemplo y lean, lean y lean a Mónica Rouanet…




Reseñado por Francisco Javier Torres Gómez


Si quieres hacerte con un ejemplar lo puedes hacer desde el siguiente enlace: No oigo a los niños jugar


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