23 ene 2022

«La marca del agua» de Montserrat Iglesias


19 de abril de 1950. El agua ya ha alcanzado la piedra que sirve de testigo: en menos de diez días Hontanar desaparecerá para siempre inundado por el pantano. Todos están celebrando la inauguración del pueblo nuevo, solo quedan allí los hermanos Cristóbal. Pero un suceso terrible les obliga a emprender precipitadamente el viaje: Marcos descubre a su hermana Sara colgada de un machón de la cuadra. Envuelta en la colcha que bordó durante años para un ajuar que ya nunca será utilizado y oculta entre sacos de patatas, Sara recorre ese camino en el carro de su hermano. Después de todo, siempre quiso irse del pueblo.


Durante el trayecto por un territorio que es ya un páramo, Marcos recuerda la historia de la familia, sus sombras y silencios: la llegada siendo unos niños cuyo origen su madre quiso esconder, los deseos de Sara por construirse una vida propia, la obsesión de la madre por el pretendiente perfecto que le procurase una buena boda, los sentimientos e impulsos no confesados, las traiciones y la relación con el ingeniero falangista encargado de las obras del pantano...

Datos técnicos

Editorial: Lumen (2021)

Nº de páginas: 272

Formato: Tapa blanda / Versión Kindle

ISBN: 978-8426410436

Precios: 17 € / 7,59 €

 

Impresiones

Mi librera, mis libreras de confianza, me han aconsejado leer este título. Ya había oído hablar de él, pero no pasé de echarle un vistazo. Son tantos los libros por leer…

Al salir de la librería, lo hago con un ejemplar, el que me han entregado en mano, conociéndome, sabiendo que disfrutaré de su lectura. Quieren saber mi opinión. Es un honor. Una opinión es algo tan personal… Claro que, sabiendo de mi labor como reseñador, la historia cambia. Y aquí me veo ante la exposición de mis impresiones sobre el libro de una autora premiada —desconocida hasta ahora por mí— por la que la editorial Lumen ha apostado fuerte y en cuya banda, la que subyace a un hermoso caballo de crines blancas —portada—, Julio Llamazares dice textualmente «Mucha gente desconoce lo que debajo del agua de los pantanos se oculta. La marca del agua ayuda a entenderlo dando la voz a los que la perdieron y sentido a su emoción desde la literatura. Una novela muy especial» Lo tengo realmente difícil: o repito como un loro lo que un escritor consumado afirma, o le llevo la contraria con el riesgo que conlleva equivocarme. No importa, la diatriba se soluciona de una única manera, leyendo.

Acabo de terminar la lectura. No me ha llevado más de dos sesiones. Ha llegado la hora de la introspección. Trabajo mental, síntesis, conclusiones y una sensación extraña. Estoy de acuerdo; es un libro especial. Pero lo especial no lo encuentro en la temática, acertada, sino en la técnica. Parece que cada vez le doy más importancia a la segunda que a la primera. Estoy cambiando, o simplemente soy así. Ahora comprendo al señor Llamazares y a los miembros de la editorial Lumen, los mineros que se han topado con una piedra preciosa, quién sabe si en el fondo de un pantano.

La marca del agua es un camino, literal y metafórico, que me ha retrotraído al Coloquio de los perros, pero quienes conversan son un sacerdote y un muchacho, un muchacho y un caballo, Noble, un caballo y un camino, el que separa dos pueblos separados por el agua que empieza a alcanzar la altura que hace patente —esta vez sí—, que el pueblo Hontanar va a ser sepultado por las aguas.

1950. La guerra ha terminado y el proyecto republicano para llevar a cabo las obras de este pantano castellano han quedado paradas. Es Ahora el bando Nacional el que las llevará a cabo. Gestiones y política de fondo. Diálogos en primer plano. El camino, secundario, es tortuoso; da tiempo para reflexionar, hablar y hacer un buen repaso a la vida de la familia. En el cajón del carro permanece en todo momento una testigo de excepción: Sara se ha suicidado, ha muerto, y hay que darle sepultura. Pero Sara escucha, porque los muertos no se van del todo y, atendiendo a la superchería popular, el sentido del oído es el último en apagarse.

La autora cuenta su historia de un modo tremendamente original. El pasado y el presente se mezclan en los diálogos de un modo hábil, si bien hay que estar atentos para saber quién habla en cada momento. Esa atención es la contiene la dureza de su lectura, convirtiendo el título en uno de los clasificados como inteligentes y cultos, poco aptos para pasar el tiempo. Al contrario, se trata de un buen ejemplo para imitar estilos y aprender.

No hay más crimen que un suicidio, y las intenciones de dar sepultura en suelo santo a quien no murió como mandan los cánones. La vida dispone lo que las almas han propuesto previamente. Noble, mientras, camina y obedece las órdenes de Marcos Cristóbal, o Marcos Valle, el verdadero protagonista, mientras que Don Rufino le hace los coros. Don Quijote, Sancho y Rocinante en una peculiar interpretación rural de una de sus hazañas.

En el fondo del pantano, lodo. Y un pueblo. Y los recuerdos. Y las vidas. Y los muertos. El nivel del agua sube lentamente y alcanza la línea trazada sobre la piedra que permite calcular cuándo comenzará el fin. Ahora toca jugar a imaginar. Yo me imagino en el fondo de un pantano tantas cosas. Sí, desde un anillo hasta una espada forjada por los dioses. Desde un cadáver hasta un cofre, desvencijado, alrededor del cual se disponen al azar las monedas de un tesoro. Es cuestión de sumergirse en el mismo y comprobar si las hipótesis se convierten en tesis, si realidad y ficción confluyen o es solo la imaginación, de la que nuca quedaremos exonerados, la que nos hace ver una realidad paralela que puede o no satisfacernos.

Monserrat Iglesias tiene mi edad y me aventaja en la carrera de las letras. Corro, más o puedo alcanzarla. Quizás necesite leer su novela, El terraplén, para confirmar la madurez de su técnica, sabiendo que en una reseña no puedo desvelar más secretos que los que la sinopsis autoriza, endulzados por la benevolencia no unos ojos que solo ven buenas intenciones cuando el negro traza arabescos sobre el blanco satinado, o sobre el hueso mate que crepita al ser acariciado.

Y el resumen debe hacerlo Noble, el equino que asiste a la historia y no deja de caminar, aun cuando el camino se ensañe con él. Es el testigo de todo lo que ocurre, es el escribano que todo lo apunta y, por ello, se ha ganado ser el protagonista de la portada en la que el título despista respecto a la imagen, en el que la imagen nos dirige por los derroteros que no está en nuestra mano cambiar. Por ello, sigamos leyendo, les invito a ello, y quizás, solo quizás, la editorial Lumen me obsequie con más títulos de su catálogo como lo han hecho sabiamente mis libreras, mis libreras de cabecera…

 



Reseñado por Francisco Javier Torres Gómez

 

Si quieres hacerte con un ejemplar lo puedes hacer desde el siguiente enlace: La marca del agua


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