30 mar. 2020

«El viaje de los cuerpos celestes» de Javier González

El viaje de los cuerpos celestes


«El viaje de los cuerpos celestes» de Javier González

El viaje de los cuerpos celestes es un novela basada en hechos reales que narra una aventura extraordinaria, llena de peligros, rica en situaciones y personajes inolvidables.
Monasterio de Leyre, verano de 1619. El anciano monje Gayarre, presintiendo su cercana muerte, comienza a dictar a su pupilo la crónica de su azarosa vida. Le había hecho una promesa a aquella mujer. «No dejéis que la memoria de nuestro viaje se pierda» le había pedido ella# Y él le había jurado por su honor que escribiría, «o haría escribir», una crónica de todo cuanto había acontecido en aquel viaje lleno de prodigios.
Una aventura que, en realidad, comenzó el 31 de mayo de 1578, cuando el suelo de un viñedo junto a la Via Salaria se hundió bajo el peso de un carro lleno de sarmientos secos. Se acaban de redescubrir las catacumbas de Roma, perdidas durante más de mil años. En la gigantesca necrópolis subterránea se encontraron los restos olvidados de cientos de los primeros cristianos. El papa Gregorio XIII quiso ver en aquel insospechado suceso una señal celestial y decidió convertir aquellos restos anónimos en «auténticas» reliquias de mártires, con el fin de repartirlos por catedrales y monasterios de Europa Central a fin de impulsarla «verdadera fe» y frenar así el avance de la Reforma protestante.

Todos preparados para protagonizar la mayor y más alucinante campaña de propaganda de la historia de la Iglesia católica.


Datos técnicos
Editorial: Ediciones B, 2016
Páginas 432
Encuadernación: Tapa dura / Versión Kindle
ISBN: 978-8466658409
Precio: 22,68€ / 7,59€


Sobre el autor: Javier González 

Impresiones
Curioso título para un artículo. Extraño y atractivo título para una novela. Todo es verdad y todo es mentira. Hay tantas preguntas que quedaron sin responder en el camino…

Aquellos que somos aficionados a los viajes, y en concreto aquellos a los que nos gusta ver “piedra”, hemos de admitir el hecho de que nos va la marcha, y con ello me refiero en que, independientemente de que seamos creyentes o no, penetramos convulsivamente en catedrales, basílicas, iglesias, capillas, ermitas e incluso en cuevas donde se venera no solo a Dios sino a múltiples santos, quienes hacen ostentación, la mayoría de las veces, de nombres impronunciables, incluso para aquellos que se postran a su pies para realizarles ofrendas o para nombrarlos intercesores de su causa ante más altas instancias. La creencia en un Dios es tan antigua como la propia naturaleza humana. El Cristianismo, nacido al amparo de la religión judía, toma la figura de Jesucristo como eje central de un credo en el que han sido añadidos multitud de santos que actúan como intercesores, a una escala inferior a la de la gran intercesora por excelencia, la Virgen María, cargo obtenido por ser nada más y nada menos que la madre de Jesucristo, Dios hecho hombre.

No es esta una clase de religión, pues de piedras hablábamos y de huesos terminaremos haciéndolo, y es que llama poderosamente la atención el gran número de reliquias que albergan los distintos templos de la cristiandad. También son demasiados los fragmentos de la Vera Cruz o tallo verde repartidos en el orbe cristiano, tantos que ponen en duda su autenticidad pues todos unidos sumarían, sin exagerar una arboleda. ¿Es este un argumento para dejar de creer en su verdad? Esta pregunta debe de incluir temas de fe en los que, con certeza habrá teólogos mucho más preparados que puedan argumentar mis preguntas. También podrían hacer lo propio con cuestiones similares que pudieran surgir, y de hecho lo hacen, en torno a las supuestas reliquias de aquellos santos a los que hacíamos referencia.

Se puede ser santo en vida y no ser reconocido como tal (ya sabemos que existe un proceso de beatificación previa y la demostración de hechos milagrosos y caritativos, etc.), santos a los que se les reconoce su virtud una vez fallecidos e incluso a los que se les otorga este estatus mucho tiempo de haber ejercido sus acciones o ministerio. Fuera de esta discusión (o dentro, si se quiere), quedan los santos mártires, es decir, personas que recibieron el bautismo de sangre al morir defendiendo la causa cristiana. Muchos de ellos murieron en los primeros siglos de nuestra era y fueron enterrados en las famosas catacumbas en las que encontraron acomodo eterno los cuerpos de miles de cristianos sometidos a la persecución de Roma. A partir del Edicto de Milán, el emperador Constantino proclama de religión cristiana como oficial del Imperio Romano de Occidente y muchas familias aprovechan la ocasión para sacar la osamenta de sus familiares fallecidos (mártires o no) de las catacumbas para realizar una primera o nueva inhumación en superficie. Aquellos a los que el citado Edicto les cogía más lejos, quedaron para siempre en las catacumbas, y su recuerdo se fue perdiendo en la memoria, esqueletos sin nombre cuya condición de mártir solo podía ser elucubrada a raíz del estudio detallado que el martirio dejó al arbitrio de los siglos. Muchas de estas catacumbas fueron selladas, enterradas y olvidadas. Pero la Historia no olvida…

La Iglesia comenzó un periodo hegemónico cuyo primer escollo, Cisma de Occidente aparte, fue la Reforma llevada a cabo por luteranos y calvinistas, cuyas ideas prendieron principalmente en el centro y norte de Europa, dividiendo a una Europa que ya por aquel entonces (como siempre fue), sangraba por las heridas de las múltiples guerras que siempre la asolaron (y que ni mucho menos han cesado). Es en este escenario, en concreto durante la campaña de Flandes en que los bravos tercios españoles morían en tierras lejanas, cundo en un viñedo a las afueras de Roma ocurre un hecho insólito: la acémila margarita, cargada con los sarmientos destinados a alimentar el fuego de una hoguera, se hunde con su carga en una supuesta dolina que termina siendo la entrada a unas catacumbas, en concreto la de Priscila. Corría el año 1578. El suceso, real, sirve de excusa a Javier González (Madrid 1958) para escribir una novela histórica más que interesante titulada El viaje de los cuerpos celestes (Ediciones B, Barcelona, 2016), pues nos cuenta, en forma de delicioso relato, las aventuras y desventuras de un soldado y su aprendiz a través de un viaje único e inolvidable, lleno de aventuras, amor, llanto, fidelidad y traición, un viaje “santo”, una estratagema verdaderamente ingeniosa en la que el astuto Papa Gregorio XIII, en connivencia con el mismísimo Felipe II, habiendo ambos delegado en misteriosos e inteligentes “ministros”, logran organizar una expedición sin precedentes en las que los cuerpos de los primeros mártires hallados en la catacumba, bautizados y preparados previamente para la ocasión, serán exhibidos y depositados en las principales ciudades católicas de una Alemania amenazada con el desaliento, expectante ante un futuro amenazador y con una crisis de fe que la Contrarreforma debe de atajar de inmediato.

Se convierten los cuerpos de los mártires en pura fuerza devocional, un signo patente de que la Iglesia católica está más viva que nunca y más cercana, si cabe, de lo que nunca lo estuvo.

Bien, pues a repartir mártires por Alemania. A priori no se trató de una empresa fácil pues el viaje y el clima no se amedrentan ante la santidad, sea real o fingida. Tampoco los estados enemigos permitirán que la empresa se lleve a cabo con comodidad. 

El hermano Gayarre y su pupilo, en el monasterio de Leyre, serán los encargados de recapitular la hazaña de la que muy pocos conocen y dejarán escrito testimonio de uno de los hechos más insólitos de la Edad Moderna y de la Historia de la Iglesia Católica, cuyos ecos perduran en la actualidad.

Tras la lectura de esta recomendable novela, cabe hacerse todo tipo de preguntas y, entre ellas, hacer una reflexión sobre la verdad que se les atribuye a muchas reliquias si desde un punto de vista historicista se quiere abordar el tema. Distinto es el valor de fe que aquellas adquieren, una suerte de superstición que el azar, o quién sabe si el poder divino, puede otorgarles en un  momento dado. Lo cierto que es que tras el tema “reliquias de santos” hay mucho escrito y aún mucho más por escribir y, a menos que estudios concienzudos logren demostrar a las claras lo que a priori parece indemostrable, la creencia en su poder sanador o mediador queda en suspenso, no sabemos si hasta el final de los tiempos.

En España tenemos reconocidos ejemplos en los que distintos santos fueron descuartizados tras su muerte y sus reliquias se consideran “fiables” en cuanto existen hechos históricos documentados de su cronología, tal es el caso de Santa Teresa de Jesús quién, oliéndose el pescado, pidió a sus protectores, los duques de Alba, que no la enterraran allí donde pudiese acceder para repartir sus huesos, objetivo que aun con el empeño que se puso en su consecución, no fue conseguido, y los restos de la santa permanecen esparcidos por la geografía patria; Sí, efectivamente, el brazo de Teresa fue arrebatado a unas dulces monjitas de Ronda para que franco lo tuviera en un relicario junto su almohada. Menos mal que la reliquia volvió a sus custodias.

No sabemos a ciencia cierta si hubo más viajes de cuerpos celestes a lo largo de la historia. En la novela se recrea el primero mientras que se hace referencia velada de que pudo haber más, y no nos debe de extrañar que así fuera pues, en caso contrario, ¿cómo explicamos las colecciones de las mismas que albergan múltiples lugares sacros, que más parecen museos del horror que sucursales de la casa de Dios? España es un país en el que los aficionados a “las piedras” encontramos múltiples reliquias, con distinto grado de veneración al cruzar los umbrales de los templos que tanto nos gustan. Imaginemos próxima vez, esa expedición peligrosa, excitante e incluso delirante por nuestros caminos e inventemos historias sobre ellas. Un nuevo “viaje de cuerpos celestes” puede volver a producirse en un futuro…

Por cierto, aquellos lectores que se interesen por la novela, no quedarán defraudados. Entre sus páginas les esperan Moncada, Gayarre, Hernán, el cardenal Severani, el capitán Pfyffer, el doctor Boldetti, el cómico itinerante De la Riva, el intrigante Chalbaud, la hermana Genise y su superiora, la inteligente hermana Wenke, la toma de Maastricht por los tercios españoles comandados por Alejandro de Farnesio, Duque de Palma y un viaje excitante que quedará impreso con letras de fuego en cada uno de los lectores que se atrevan a descubrir este otro pedacito de Historia… y aventuras…



Reseñado por Francisco Javier Torres Gómez

Si quieres hacerte con un ejemplar puedes hacerlo desde el siguiente enlace: El viaje de los cuerpos celestes (Histórica)

1 comentario:

  1. Me alegro que te haya gustado pero lo voy a dejar pasar que no me termina de llamar excesivamente.

    Saludos

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