20 dic. 2019

La fama de El guardián entre el centeno



La fama de El guardián entre el centeno

Si yo les cuento con pelos y señales la referencia literaria en la que un chaval de dieciséis años pierde todo el utillaje de un equipo de esgrima en un vagón del metro de Nueva York, probablemente nadie acierte a qué me refiero a menos que el interrogado sea un ávido lector por cuyas manos ha pasado previamente el “mítico” El guardián entre el centeno, de Salinger. Claro, resulta que no es un título de esos que entran directamente en el saco de “lecturas de moda”, pero en cambio se encuentra siempre referenciado como un clásico de la literatura de obligada lectura. Con esta última premisa, y llevando muchos, demasiados años, destripando obras maestras y no tan maestras, opté, por fin, por emplearme a fondo y beberme este (a mi gusto) decepcionante libro al que no le encuentro la gracia a pesar de haberla buscado por todos sus rincones. Entonces, ¿por qué se remite con tanta frecuencia al estudiante a su lectura?¿por qué se merece un lugar privilegiado entre las más importantes novelas?¿por qué se referencia con tanta frecuencia su título? Comienzan las dudas, que pueden no llegar a ser resultas ni por continente ni por contenido.

El guardián entre el centeno, nombre extraño a priori, hace referencia a una canción, una tonadilla recortada hasta su mínima expresión, entonada por un chiquillo en el que fija su atención Holden Caulfield, el narrador y protagonista de su propia vida contada en episodios insulsos que entrarían perfectamente en la definición de “rutina”.
Salinger no peca de soberbia ni quiere ser encasillado en el apartado de literatos pedantes a los que, quizás, odiase. Puede que ni tan siquiera quisiera optar a encontrarse entre el olimpo de escritores laureados, pero la jugada le salió muy bien.

Hay que realizar un importante ejercicio de empatía para colocarse en el pellejo de Caulfield, alumno detestable al que expulsan de Pencey, prestigioso colegio al que acuden “niños de papá” en busca de una educación solvente. No es la primera vez que le expulsan de un colegio y el alumno comienza a relatar de sus compañeros, de sus profesores y de la sociedad en general pues a todos ellos les sabe buscar las características que un verdadero “cretino” debe de poseer. Sí, todos somos cretinos hasta que se demuestre lo contrario, y en tal caso, pudiera ser que ni eso nos salvara.

¿Es El guardián entre el centeno un crítica a la sociedad? Probablemente no, pero lo parece. El autor utiliza un lenguaje llano y coloquial, y no escatima en palabras que pueden parecer soeces, e incluso llega a abusar de onomatopeyas de andar por casa y, así, nos encontramos todos hablando su propio lenguaje, que es trasladado a situaciones cotidianas, en pasajes de la vida de un joven con dinero que, antes de comunicar a sus padres su expulsión, decide gastarse sus ahorros visitando antros más que decentes, como el Village en el que Ernie acaricia las teclas de su piano como nadie, en un hotel en el que no duda en solicitar los servicios de una prostituta aunque no llegue a consumar con ella y sin embargo deba soportar a su proxeneta, un ascensorista que parece sacado de la chistera con el único propósito de entretener. No le van a la zaga Ackley, Stradlater o Maurice, sus amigos, o mejor dicho, compañeros, a los que retrata de un modo difuso, haciendo hincapié en sus rasgos menos afortunados; puede que sus virtudes no excedan a sus defectos pero al fin y al cabo son las personas con las que va a tener que compartir al día a día y ello es pretexto más que justificado para hacer un esbozo de sus personalidades o de su forma de comportarse.

Según Caulfield, snob es sinónimo de cretino, o de idiota, que para el caso son sinónimos o distintos escalafones hacia la necedad, y adjudica el adjetivo a todo aquel que cree merecedor del mismo, muchos, demasiados o todos aquellos los que desprecia después de habérnoslos presentado. Salinger utiliza la receta del detalle aislado, o del pasaje curioso para ejercer de contrapeso a su línea argumental. Así, si en cada capítulo se narra una secuencia de la vida del protagonista en el espacio de apenas unos días, hay tiempo se sobras para pararse a describirnos a un par de monjitas que piden dinero para los pobres; una de ellas enseña Historia y la otra Literatura, detalles insignificantes que nada aportan a la trama. Caulfield odia el teatro, odia el cine, odia la fama y, sin embargo, acude a ellos como pretexto para quedar con su amiga Rally, para penetrar de refilón en la vida de Jane o para realizar una incursión para visitar a su hermana Phoebe, quizás el único personaje que, a pesar de ser secundario, capta la simpatía del protagonista.

El guardián entre el centeno es una obra muy referenciada pero ¿es leída en la misma medida? Son muchos los ejemplos de obras y autores que quedan estupendamente al ser puestos como ejemplo o fuente en un texto aun cuando todos saben que no son ni fueron leídos en la misma proporción. La lectura compulsiva de libros me coloca en una situación comprometida y son varias las tentativas de lectura que he materializado en un exhaustivo análisis de este epicentro literario que, no lo voy a negar, me ha decepcionado. Sobre gustos no hay nada escrito y si este libro me decepciona, quizás tenga que recurrir al planteamiento de mi propia incomprensión o de la falta de actitudes propias para realizar una lectura crítica de una obra a la que es obligatorio sacarle más jugo. Por supuesto, también surgen otras preguntas que poco o nada tienen que ver con las anteriores pues, si existe un mensaje o moraleja, no he sabido exprimir las letras como es debido. Tan solo me quedo con una referencia, y ésta ha sido extirpada tras una segunda ronda, más severa, en la que he no he descubierto nuevos alicientes que me hubiesen pasado desapercibidos en la primera: “No cuenten nada a nadie. En el momento que uno cuenta cualquier cosa, empieza a echar de nuevo a todo el mundo”

Quisiera encontrar acomodo en palabras o directrices que me desgranaran la obra de un modo diferente a como lo he hecho y de ese modo aceptar mi ineptitud o reafirmar, quién sabe, mis primeras hipótesis, que se convirtieron en finales.

Tampoco las distintas variantes de portada del libro ayudan en este cometido. Desesperado, comencé a realizar una búsqueda en un intento desesperado de dar con al menos una que me atrajese, y no lo conseguí. Pude que no ese centeno al que alude el título de la obra necesite de un guardián con el que no comulgo. Despojado de humildad, confío en no ser el único lector capacitado para verter tan poco docta opinión acerca de un clásico universal aunque creo que sería alegría pasajera, incluso indigna, buscar acomodo entre la frigidez lectora de otros que, como me ocurre, consideran la novela en escena como una más e incluso de las malas, a la que le sobra de todo y le falta aún más.
No obstante, quedan todos invitados a leer y compartir o rebatir las teorías aquí expuestas…

Artículo de Francisco Javier Torres Gómez



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