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«El efecto Transilvania» de Juan Ramón Biedma

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El efecto Transilvania, de Juan Ramón Biedma


Eme, Emeterio, acaba de salir del hospital tras ser tratado de una enfermedad que no le han explicado, se ha venido a vivir con su abuela a Sevilla tras el accidente de su padre, tiene catorce años, y desde hace unos días, todo le parece muy extraño.

Es posible que sólo sean impresiones suyas, pero hay que reconocer que el momento en el que ha llegado a la ciudad no es muy normal. Están a punto de inaugurar una misteriosa pirámide, inmensa, en pleno centro. Una niña de catorce años será ahorcada en la plaza del ayuntamiento por haber asesinado a su hermana gemela. Cada tarde aparece una enorme cantidad de cometas negras sobrevolando el Barrio Hundido, un peligroso lugar habitado por prófugo de toda índole...

Es posible que sólo sean impresiones suyas, pero han intentado asesinarle en un antiguo garaje, y hay un tipo que vigila a Peña, su compañera de clase, y Eme vigila al tipo que la vigila, y un grupo de individuos inclasificables intentan secuestrarlo... y Peña se va convirtiendo primero en lo más importante y despúes en lo único importante.

Datos técnicos

Editorial: Roca Editorial
Nº de páginas: 282
Formato: Tapa blanda
ISBN: 9788492429172
Año de edición: 2008
Precio: 8€

Sobre el autor: Juan Ramón Biedma

Impresiones

Cientos de veces pasando delante del escaparate y resulta que mis ojos se clavan en la cubierta de ese libro. Se trata de un dibujo de cómic sobre un grueso volumen, al menos grueso para el número de páginas que suelen lucir los libretos del género que me imagino, pero es cierto que el título, El efecto Transilvania resulta anacrónico con la imagen, y encima me suena… Estoy descolocado, pues creo que ese título ya lo he visto en otra parte, o al menos en otro contexto. Me acerco por fin, ya no tengo excusas pues voy bien de tiempo y resulta que ya encajo todas las piezas del puzzle que mis neuronas se empeñaban en construir dentro de mí. No podía ser otro que Juan Ramón Biedma el causante de mi inquietud. Creo que es su especialidad el desconcertar al lector y, por extensión, al prójimo. Estoy convencido que disfruta confundiéndonos a todos, y en ese “todos” lo incluyo a él mismo, seguro como estoy de que sus fobias son autofobias proyectadas en los demás. Entro en la librería para adquirir un ejemplar sin estar seguro de haber leído previamente la novela (en este momento, al tener el volumen entre las manos descubro que no hay más dibujos que el de la portada y de que se trata de una novela) y el librero, uno de los de verdad, de los que cuando se jubilen dejarán un hueco redundantemente vacío, me dice que ese libro ya ha sido publicado por tres editoriales distintas y que la presente, la del Grupo Tierra Trivium, es la última aunque nunca se sabe si… No hace falta prolongar la conversación ya que conociendo a Juan Ramón, la incertidumbre siempre es una incógnita en cualquier ecuación con la que se le asocie. El laureado y prolífico escritor acostumbra a escribir historias apocalípticas en las que los malos olores, los mendigos zarrapastrosos, las iglesias lúgubres y la noche oscura se convierten en protagonistas, aun cuando la trama hilada siga otros derroteros. En fin, igual que me ocurre con Murakami, tiene este autor algo que incita a leerlo y ese es el motivo por el cual abandono la librería con el ejemplar que comenzaré a leer en cuanto duerma la siesta. Descansado, omito cualquier actividad que me pueda distraer en mi tarde de lectura y tomo el preciado ejemplar para meterme de lleno en otra loca composición digna de un paciente psiquiátrico, en este caso de los listos. El inteligente Juan Ramón presenta a su protagonista de turno, Eme, un chico de catorce años que, como no podía ser de otro modo, estuvo hospitalizado. Con el alta se va a vivir con su abuela, una gruñona señora a la que engaña con sus salidas nocturnas /tampoco nos extraña esta circunstancia) y, con la ayuda de sus extravagantes amigos, se embarca en una aventura que solo él comprende en busca de Peña, una chica mayor que le atrae y le trae por el camino de la amargura. La trama no es lineal, ni mucho menos. Biedma comienza a adornar su triste bizcocho con cremas y frutas que lo terminan convirtiendo en una tarta que no todos comprenden si no prestan atención (y aun prestándola). Desfilarán ante nuestras narices zombies, indígenas, mendigos con fenotipo de momia, magos de circunstancias y un sinfín de personajes “raros” que incitan preguntas y preguntas y preguntas y preguntas…

Termino el libro en cuatro horas, y eso que son 384 páginas las que he sorbido sin levantarme ni tan siquiera al servicio y con el final comienzo (o vuelvo) a plantearme preguntas acerca de lo que acabo de leer. Estoy enganchado de una trama fantasma, esquizofrénica, desconcertante… que para colmo se desarrolla en una Sevilla no estoy seguro sino pasada o futurista solo parcialmente reconocible en la que me pierdo a pesar de conocer al dedillo su callejero.

Me encantan las pirámides y creo conocerlas someramente pero ello no es óbice para sorprenderme con la mera idea de construir una junto a la Torre de los Perdigones, relacionada con geoglifos que aparecen cuando y donde menos te los esperas. Si hablamos de las cometas negras que son representadas en la portada del libro, o el búho que nos mira de forma inquietante desde la antena de televisión, nos daremos cuenta de que nos encontramos ante un nuevo género literario, un género en el que mezcla lo real, lo imaginario, lo fantástico, lo inverosímil y lo delirante y enfermizo.

Es entonces, al depositar el libro en la estantería, junto a mis autores de cabecera, cuando comienzo a pensar que Juan Ramón es un genio pero está como una cabra y que un café con él debe ser un delirante placer. Es por ello por lo que lo he llamado y hemos quedado…

PD: Y de Transilvania, nada de nada…


Reseñado por Francisco Javier Torres Gómez

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