Los relatos de Decker: «Marian»


«Marian», por Carlos Decker-Molina

Tiene los ojos claros, un mechón huye del amarro hecho con una pañoleta sucia que cubre su cabeza, hace pensar que su cabello tiene un tono café claro. Las mejillas las tiene quemadas por el frío, cuando me recibe la taza de café y el pan sonríe, entonces se hacen visibles unos dientes oscuros, quizá picados, pero los dos incisivos, son de oro.

Está sentada en la esquina formada por una avenida que lleva al centro de la ciudad de Estocolmo y una calle significativa que conduce a una importante estación de metro. A pesar del café y el pan y su agradecimiento dicho en sueco, el contacto fue impersonal, pero no sería el primero.

Recordé la Odisea, cuando Ulises se disfraza de mendigo para ingresar en Ítaca y observar a Penélope. ¿Esta mujer estará disfrazada como Ulises?

La pordiosera sentada en una esquina, con su cuerpo envuelto en muchas ropas viejas para combatir el frío sueco, cambia la imagen de la ciudad, la da una nueva forma, descubre la perspectiva social a veces oculta, produce lástima en una ciudad donde la pena está desorientada. A pesar de la luminosidad primaveral, su presencia es oscura y fría.

En Suecia no había limosneros hasta que apareció la mendicidad con pasaporte de la Unión Europea (UE).

Otro día, la mendigante me hace una seña y me muestra una cajita de cartón y en un inglés rudimentario me pregunta si puedo comprarle unos medicamentos. Le pregunto si es rumana. Ratifica mi supuesto, le digo que hablo español. «¡Gracias a Dios!» y me aclara que ha estado trabajando en Madrid, pero ha venido a Suecia porque le han dicho que es un lugar poblado por ricos. El medicamento es un antipirético para combatir la fiebre no sé si de ella o de algún otro.

Otra vez le doy un plátano y le pregunto su nombre, «Marian y ¿tú?».
—Carlos.

Immanuel Kant consideraba denigrante tanto el acto de pedir como el de dar. Es decir, la actitud de la pordiosera y la mía, según Kant, es de menosprecio. Kant igual que el gobierno sueco, considera que es el Estado el que debe resolver el asunto. El problema es que la pordiosera no es sueca.

Marian está pidiendo limosna en un país luterano. Todos somos mendigos, según Lutero, mendigos de la caridad de Dios. Pero, en esta parte de Europa hay también otros antecedentes históricos. En la segunda mitad del siglo XVIII, se ensayaron en Hamburgo políticas de socorro, seguros y proyectos de atención médica. En Inglaterra se crearon los «talleres de la caridad». Y, en Suecia la casa popular daba cobijo a todos por igual.

—Tengo cuatro hijos que los dejé con su padre, y tú Carlos ¿tienes hijos? Te he visto de la mano de dos niños.
Son mis nietos, le digo.
—¿Me regalarías sus ropas viejas?

Jean-Paul Sartre al principio de su carrera planteaba la libertad más allá de las situaciones. Un preso, podía seguir pensando libremente. Es decir, uno es libre de ejercer la mendicidad para no morir de hambre. El Sartre posterior recalcó que la elección resultaba inhumana.

Marian duerme en la acerca de otra avenida cercana al lugar donde pernoctan otros mendigos-pares. Ocupa su lugar, marcado con unos cartones que le sirven para evitar sentarse en el asfalto, desde las 6.30 hasta las 21.00.

Ahora quiere de regalo un jabón o un champú, mejor si son las dos cosas. Le preguntó dónde se asea. En los baños de estación central, cuestan 10 ó 15 coronas (más o menos un dólar y medio), me dice. Una de nosotras paga, lo hacemos por turnos, la que está adentro abre la puerta a las otras, somos cinco del mismo barrio (Ferentari) de las afueras de Bucarest.

La Asamblea Francesa de 1790 tuvo la brillante idea de abolir la mendicidad para lo que creó una burocracia. El intento quedó en el tintero y en 1793, los franceses, prefirieron reconocer el derecho al trabajo para todos. Incluía a los pordioseros, vocablo que proviene de «por amor a Dios deme una moneda. Y, Dios se lo pague».

Una mañana pregunté a Marian, por qué no buscaba trabajo. Siendo ciudadana de la UE puede hacerlo en cualquiera de los 27 miembros. Su respuesta fue contundente:
—Soy gitana.

«No me conoces. Si me hablas y tomas fotos será por algo, pero no me darías empleo porque los gitanos robamos, engañamos somos perversos, comemos niños. ¿Me dejarías al cuidado de tus nietos?».

Marian no sabe que en Suecia no se dice gitano sino romaní. Hay unos 50 mil romaníes establecidos. Radio Suecia (la sección internacional) tiene un programa diario en romaní chip que es la lengua común de los asentados en Suecia. Para llegar a esos niveles de integración pasaron por la esterilización de sus mujeres (1934), sufrieron la segregación y el desalojo y la prohibición del ingreso de gitanos en Suecia se levantó recién en 1964.

Marian, le digo, tu lucha para llegar al nivel de tus paisanos suecos está en Bucarest no en esta calle. ¿Eres comunista? me pregunta.

En la Rumania comunista (igual que en el resto del éste europeo) el «problema gitano» se resolvió aplicando políticas leninistas sobre las nacionalidades, fomentaron la igualdad entre todos los pueblos convivientes en Rumania y un largo etcétera.

En la práctica se aplicó «la ley de vagancia» y los gitanos engrosaron las filas proletarias de la industria y la construcción. Muy pocos quedaron en las ciudades haciendo tareas de servicios como barrido y limpieza de calles.

Marian recuerda que la casa/chabola donde la esperan sus cuatro hijos y su hombre, además de la madre de él, está en un barrio periférico donde les dieron en propiedad a sus padres o tal vez abuelos. Son viviendas más precarias que las otras y los trabajos, eran más rudos y menos pagados que el de los otros. Y Marian sigue: Al fin y al cabo, mal pagados, pero tenían trabajo y techo que los protegía.

—Pude ir a la escuela hasta que mataron a líder (se refiere a Nicolae Ceausescu).
«Era un tirano, ¿no? La diferencia es que los líderes de hoy roban más porque son más. Y, tiranos serán porque no se acuerdan de nosotros, dicen que no salimos del barro porque somos ignorantes, pobres y ladrones».

Marian dice una verdad, porque las ayudas de la UE a Rumania para resolver el problema de sus minorías, como la romaní, se ha esfumado en el bolsillo de sus burocracias.
Hace tres años que la conozco. Vive, como sus antepasados, entre la piedad y la horca.

Las últimas señales políticas del gobierno sueco hacen suponer que los echarán más tarde que temprano.
No le extraña:
—¡Nos han echado de todos lados! El nacimiento es una huida y la muerte también.
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