17 sept 2017

Artículo: El espejo


El espejo de √Āngel Medina.

Cu√°ntas cosas he amado y cu√°ntas ha disuelto el tiempo. Porque, de la misma forma que una ciudad maravillosa como fue Menfis, capital del imperio fara√≥nico en sus albores, con sus magn√≠ficos templos colosales, obeliscos gigantescos, sus palacios reales e inconmensurables pir√°mides, desapareci√≥ como predijo el profeta Jerem√≠as, posiblemente fagocitada por la arena del desierto, las conocidas como “Maravillas del Mundo”, igualmente sucumbieron ante el canibalismo destructor del ciclo del tiempo a su paso por lo que denominamos Historia, o la depredaci√≥n salvaje de los humanos.

Mucho podr√≠a decir al respecto: esculturas, pinturas, incunables, arquitectura, m√ļsica. Y todo se va deshaciendo o depravando. La naturaleza se venga de s√≠ misma, por ser manoseada en lugar de acariciada.

Hab√≠a vivido muchos a√Īos en la gran ciudad. Y es harto sabido, que las urbes despersonalizan. Todo son prisas, vivir pendientes de las manecillas del reloj; correr y no llegar. Hasta que al cabo del tiempo, sin darnos cuenta, nos hemos desubicado de todo; incluso de s√≠ mismos. Es como si disec√°ramos el alma. Nuestro pensamiento deja de ser reflexivo y se convierte en aut√≥mata.

Guiado por una extra√Īa nostalgia, un d√≠a regres√© a la casa que me vio crecer. Pero, tampoco era igual. Cuando viv√≠a all√≠, hab√≠a p√°mpanos que se enroscaban en las vigas de mis parrales; ahora el √ļnico vestigio son los matojos, m√°s que carcomidos, mustios, muertos. El arroyuelo cantar√≠n se hab√≠a convertido en un lecho pedregoso; el peque√Īo charco en el que ven√≠a a morir sus claras aguas no est√° ya y en su lugar hay un pi√©lago que rezuma podredumbre y aguas fecales. Agoniza tambi√©n el d√≠a. Como mi esp√≠ritu.

¡Qu√© sensaci√≥n tan inquietante me produce escuchar el chirriar de los goznes de la vieja puerta de roble macizo. ! Dentro, telara√Īas; peque√Īos ar√°cnidos que recorren las telas que han ido tejiendo en el tiempo; muebles, antes l√≠mpidos y brillantes, ahora desdibujados por la espesa capa de polvo; el cuadro de un hermoso bodeg√≥n se ha torcido al ceder la alcayata, y el trozo de pan y los embutidos que est√°n junto a la orza y que parec√≠an por su realismo pedir ser comidos, dan todos la impresi√≥n de querer abandonar el lienzo y precipitarse sobre las sucias baldosas del suelo; abajo, el atizador enmohecido, junto a la chimenea que anta√Īo me dio calor en las fr√≠as noches de invierno bajo el crepitar de la le√Īa, permaneciendo mustia y sin cometido.

Sin embargo, el espejo que cuelga en la pared, se mantiene. M√°s viejo que antes. A su lado est√° un pa√Īo viejo, que utilizaba para limpiarlo. Y alejando con gesto mec√°nico la sucia nube que lo cubre, va perfil√°ndose mi silueta. He cambiado mucho desde entonces. Presa de una rabia incontenida, observando c√≥mo se muere en cada segundo de la existencia, y lo que finalmente sucede es que se acumulan muchas prematuras y peque√Īas muertes mi mano se desliza furtivamente hasta el atizador y, alz√°ndola, descargo el golpe sobre el cristal, haci√©ndolo a√Īicos que se adhieren al fondo del marco, dividiendo mi rostro en mil caretas incompletas, hasta el punto de no distinguir si soy realmente yo o m√°s bien un fragmento de m√≠ m√°s.

Contempl√°ndome, quise situar ante la retina mi “yo”; aqu√©l que no ve√≠a ni deseaba conocer. Y el cristal fraccionado, me devolvi√≥ mi figura. En una de las porciones estaban los ojos, que me observaban con mirada estr√°bica.
Tambi√©n t√ļ has cambiado- me susurr√≥, rompiendo el silencio de mi mente una voz observante en aquella suerte de soliloquio mudo.

Instintivamente recorr√≠ presuroso el vidrio repleto de grietas; las arrugas ondulaban en mi frente, como la espuma de una ola antes de romperse en la orilla; las bolsas enmarcaban mis ojos; simas verticales se deslizaban por la pared de mi rostro, coronado por los cabellos encanecidos. Lo que antes fue tersura, ahora es decadencia. Era yo, aunque no el mismo. Es in√ļtil pretender huir del com√ļn de los destinos, que es la aniquilaci√≥n.
Sigo siendo yo- procur√© reafirmarme- aunque es cierto que la vida es un suspiro; que he superado la barrera de los sesenta a√Īos y me aferro a ella, procurando disfrutarla, sin renunciar a los cantos de sirena que el mundo me ofrece.
¿Y podr√°s as√≠ evitar consumirte en la vanidad de la pasi√≥n? ¿Vivir por vivir? ¿Vivir, qu√© y para qu√©?

Por un brevísimo instante tuve la impresión que aquellos ojos, aquella luna, comenzaba a molestarme. Parecía que la figura que me devolvía no se correspondiese con la mía, sino que fuese la de otro y empezara a hacer preguntas incómodas. Pero, no siendo posible eludirlas, acepté el juego.
He llegado a la madurez de la vida. Ante m√≠ se ofrece un abanico de posibilidades y deseo vivirlas. Apurarlas. Saciarme de ellas. ¿Qu√© decir de la belleza de una mujer?, ¿Qu√© del placer del buen yantar ¿Acaso no produce gozo tambi√©n el dinero que he amasado, sabiendo que con √©l pocas cosas podr√°n resist√≠rseme? ¡Puedo comprarlo todo!
Puedes comprar muchas cosas; es cierto. Pero no a ti mismo

Me sentí más incomodado. Deseaba no haberme encontrado, representado en la lámina envejecida, como yo. Y al punto, la molestia dio paso al recelo. A la malquerencia. En aquel instante titubeé. Dudé si poseía ojos propios o eran el reflejo de los míos. Me miraban con afectuoso pavor, tal si pudieran ver dentro de mí.
Te sabes inquieto- precis√≥- Recuerda: yo soy t√ļ. ¿No dicen que los ojos son el espejo del alma? ¿Qu√© siente la tuya?

Demasiadas preguntas; demasiadas afirmaciones. Ciertamente el nivel de confianza se desvanec√≠a por momentos, y una extra√Īa aversi√≥n hacia el cristal empez√≥ a adue√Īarse de mi voluntad.
¡Maldita sea! ¿A d√≥nde quieres ir a parar? ¿Ojos, conciencia, un fantasma…? ¿Qu√© eres en realidad?
Te lo he dicho ya; sin ser t√ļ, te pertenezco, de igual manera que la sombra a la persona.
Entonces… ¡no puedo desprenderme de ti!
Tendrías que matarte a ti mismo para que yo muriera. O arriesgarte a comprobarlo.

Su desenvoltura y su lenguaje me resultaba cada vez m√°s engorroso. Empezaba a sentir n√°useas por el vidrio.
No te enfades conmigo. El eco es simplemente el mensajero de la voz y yo no poseo vida. Has comenzando a entrar en una crisis existencial. Ya sabes que en determinadas etapas de la vida, unos a los cuarenta, otros a los cincuenta y muchos en cualquier momento, caen en ella.
¡Ve al grano!
Se han deshojado suficientes hojas del calendario de tu vida, como para advertir que cada d√≠a est√°s m√°s cerca del final. Por eso, te agarras con la avidez del n√°ufrago a la tabla; porque temes a que se te escabulla. ¡Lo malo…!
¿Qu√©?- reconozco que me sorprendi√≥.
Lo triste es que con la edad, se suele perder el vigor f√≠sico, pero aflora con vitalidad la madurez. “Eso” que nos invita a reflexionar, m√°s all√° de nuestras pasiones. ¿Y si lo hicieras?

Nefasta afirmaci√≥n. Y el maldito espejo, al que ya comenzaba a odiar, me lo recordaba, apuntillando mi sentimiento de sobrevivir, marc√°ndome en el √ļltimo tramo de la vida como se hace con el toro al salir a la plaza del sacrificio.
Polvo eres, y en √©l te has de convertir. ¿No es esa la idea que ronda por tu mente? ¿Y despu√©s, qu√©?

Por primera vez desde que había tenido la mala ocurrencia de regresar a mi antiguo hogar, movido por la nostalgia de remover mi pasado, encontrando sin embargo la proyección de mi presente futurizado, sentí el deseo de acabar con él.
Se dice-apostilló con insolencia- que se muere tal se vive. La muerte se nos presenta entonces, o como una novia o como un verdugo.

Aquellas palabras me sobrecogieron. Y esta vez fueron mis pupilas las que acosaron a las suyas; pronto constaté que aquella mirada de furia mía, era igualmente rabiosa en la proyección del cristal, pues no en vano ambos éramos uno: sujeto y reflejo.
¡Dime! ¿Qu√© te llevaras entre las manos cuando Caronte venga en su barca a llevarte a la otra orilla?

Ya no pude más. Descolgué el marco con sus restos, lo levanté en vilo y lo estrellé a mis pies. Haciéndolo, me sentí liberado. Por fin había muerto la parte de mí mismo que me estorbaba. La conciencia. Y decidido, me encaminé a la puerta, dando un portazo al salir, echando las siete llaves, como pensando en que no pudiera reagruparse para seguir conspirando contra mí y seguirme.

Una vez fuera respir√© aliviado. No obstante, una mirada nost√°lgica me hizo echar la vista atr√°s en tanto me alejaba. Y un pensamiento brot√≥ de mis escr√ļpulos. A fin de todo ¿no ten√≠a raz√≥n el maldito espejo en sus planteamientos? Porque, era cierto que en alguna ocasi√≥n hab√≠a tenido la osad√≠a y el valor de no ignorar lo que bull√≠a en mi cabeza: que la muerte forma parte de la vida, y que por mucho que me aferre a ella, me ha de llegar el d√≠a. Entonces, mis manos estar√°n vac√≠as o llenas. Eso depender√° de m√≠; no del espejo que ya no existe.






No hay comentarios:

Publicar un comentario

Recuerda visitar nuestra política de privacidad. Esperamos tus comentarios