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Entrevista Julia T. López



Hola Julia, después de haber leído tu novela nos gustaría que la gente te conociese un poquito más interiormente, así que cuéntanos algo de ti.

Pues soy madrileña de padres andaluces. Estudié Derecho en la UAM aunque lo que verdaderamente me llamaba la atención era la literatura, así que, después de aprobar las oposiciones para ser profesora de educación secundaria me matriculé en unos cursos de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada en la UCM. Como me resultaba bastante incompatible trabajar y acudir a las clases presenciales en la universidad, me matriculé en la UNED para estudiar un Máster de Investigación Literaria, que ha resultado ser una experiencia muy formativa y útil para escribir.

Desde que era pequeña me ha gustado inventar historias y, sobre todo, dialogarlas porque quizá mi verdadera escuela haya sido el cine, el de las grandes salas pero también el de las cintas de VHS que devoraba en casa, que repetía una y otra vez hasta que me aprendía fragmentos de memoria. También me encantaba leer, primero historias de Enith Blyton, de Roald Dahl, de Agatha Christie, El señor de los anillos o cuentos de Dickens, de Andersen o de Hoffmann. Ya en el instituto tuve una profesora de Lengua que nos encargó un montón de lecturas obligatorias (de esas que nos parecían horribles) entre las cuales se encontraban “El Quijote”, “Miau”, “San Manuel Bueno Mártir”, poesía española variada y la novela que me hizo valorar por primera vez la capacidad que tiene la literatura para emocionar y evadir al lector de su realidad: “Crimen y Castigo”, de F. Dostoievski. Por eso no comparto esa idea de que los chavales hoy no puedan leer libros completos durante sus estudios de ESO. La lectura es una actividad que requiere un esfuerzo específico de concentración y de atención, y también cierta práctica, paciencia para dar a las historias tiempo suficiente para que arranquen y enganchen al lector. A todos nos costaba empezar a leer y buscar huecos de nuestro tiempo libre para ello, pero creo que es la única forma de fomentar la afición en niños y adolescentes, sobre todo en un contexto que nos bombardea con imágenes y páginas web que lo sintetizan todo. El mensaje debe llegar rápido y resumido, lo cual puede ser estupendo y útil en ciertas ocasiones, pero no tiene nada que ver con la comunicación literaria. Una buena lectura, trabajada y comentada en la escuela, (o a través de Internet) con gracia y gancho, puede levantar pasiones, crear un cuerpo social de lectores de esos que ya empiezan a echarse de menos, capaces de enfrentarse sin miedo a todo tipo de textos.

No puedo estar más de acuerdo contigo, desgraciadamente en este país cada vez se lee menos. Y ¿cómo surge “Los amables extraños?

Comencé a escribir “Los amables extraños” en 2005, aunque la idea ya rondaba por mi cabeza desde hacía tiempo. Me apetecía contar una historia sencilla, de gente corriente que se encuentra en una situación en la que se ve obligada a tomar decisiones importantes. Pero yo quería ambientarla en un espacio rural, bueno, más bien “campestre” al estilo de mis escritoras inglesas favoritas: Jane Austen, Charlotte Brönte, Elizabeth Gaskell o George Elliot. En general, me encanta la literatura inglesa del siglo XIX y creo que puede hallarse su poso en “Los amables extraños”. Para empezar, la trama es de corte sentimental y todo transcurre en una comunidad pequeña, en la que son esenciales las relaciones personales y la metamorfosis de los personajes que se produce gracias a su interacción mutua.

La novela comenzó como un intento de ponerme a prueba y saber si era capaz de acabar una narración larga. Así empecé a dibujar personajes y, sobre todo, la geografía del lugar en el que estos iban a encontrarse. A partir de ahí, tuve que buscar también un hilo conductor de la historia, que finalmente se me ocurrió gracias a un trabajo que tuve que elaborar para la asignatura de Crítica, en la UCM. Consistía en redactar un artículo sobre una obra literaria que me gustara y elaborar su estudio crítico. Yo elegí “Un tranvía llamado Deseo” y, al leerla con más atención, pensé que era una obra estupenda que casi nunca se monta en un contexto escolar aquí, en España (por eso Juan la utiliza como elemento rupturista en la monótona dinámica del pueblo). Después de darle algunas vueltas, decidí que era perfecta para acompañar la trama sentimental de “Los amables extraños”, incluso pensé que la obra de Williams podía convertirse en una especie de personaje metaliterario que estuviera presente a lo largo de toda la narración y que, incluso, dialogara también, como los demás, con el personaje de Concha Ojeda, que da su réplica al final, en la sexta parte.

¿Por qué te apasiona tanto “Un tranvía llamado Deseo” y te decidiste por esa y no otra para ser el hilo conductor?

La obra de Tennesse Williams me gusta por su aire decadente, su lirismo y los contrastes entre el pasado y el presente, entre la moderna vida urbana del siglo XX, que Blanche Dubois encuentra cuando llega a Nueva Orleans, y la moribunda civilización del viejo sur estadounidense que ella se niega a abandonar del todo. Esa falta de adaptación a los cambios es la que aniquila finalmente al personaje de Williams. También Juan y Sara, los protagonistas de “Los amables extraños”, se enfrentan a un virage personal y, al mismo tiempo, histórico en los umbrales del siglo XXI y notan que tienen que asumir los cambios como vienen, reorientar sus vidas para no quedarse anclados y desperdiciar lo que son y lo que han conseguido –que no es, ni remotamente, lo que ellos habían esperado-. La juventud se les escapa, igual que le ocurre a Blanche Dubois, pero intentan afrontar el desconcierto de la madurez con cuidado y cautela, intentando mantener un equilibrio entre la esfera personal, familiar y profesional. “Un tranvía llamado Deseo” es la excusa para debatir y conversar sobre estos asuntos vitales que a ellos les preocupan y que se complican aún más cuando los protagonistas se enamoran, en un momento en el que sus vidas discurren por caminos muy diferentes. Es la búsqueda de un nuevo equilibrio, aquel que nunca encontró Blanche Dubois, lo que conecta argumentalmente la obra con la narración que encierra la novela.

Por otro lado, la obra de Williams era inspiradora desde el punto de vista paisajístico y musical. El jazz está muy presente en ella al igual que lo está en “Los amables extraños”. Las canciones de este género son un nexo entre los personajes principales y mantienen viva la presencia de Javier, el padre de Sara, que acaba de morir. La música es un elemento de estabilidad cultural y emocional en la novela, al que los protagonistas se aferran y recurren cuando se sienten desorientados en su nueva realidad y en el mundo que el recién nacido milenio les coloca delante.

¿Hay algo de ti en alguno de los personajes?

Claro que lo hay, resulta difícil escribir sobre algo o alguien que te es completamente ajeno. Yo soy profesora, como algunos de los personajes, y fui a clases de ballet hace miles de años. He ayudado a montar alguna obra escolar, incluso un modesto musical que, mira qué casualidad, era “Cabaret”… Lo demás es inventado, la trama, las historias personales de los protagonistas, los avatares de la bailarina y del profesor, de los vecinos de Saucedal y de Navalateja… Sin embargo, hay algo que sí comparto con todos ellos: la sensación de desconcierto ante la realidad cambiante y la necesidad de estar buscando siempre el equilibrio para mantenerse a flote, sin demasiadas expectativas pero en guardia ante el paulatino escepticismo o, en el peor de los casos, cinismo que muchas personas desarrollan con la edad. El amor, que es el sentimiento más potente e incontrolable que el ser humano experimenta y que tiene especial relevancia en lo que a lograr la felicidad (o la infelicidad) se refiere, se vuelve algo temible o, cuando menos, poco de fiar con el paso de los años. Las experiencias vuelven a las personas más sabias pero más indecisas, tan cautelosas que pierden la espontaneidad o la capacidad para experimentar sin miedo qué es eso de querer ciega y desinteresadamente a alguien hasta llegar a cambiar las cosas para que esa persona encaje en nuestro puzzle vital y viceversa. 

Cada vez es más difícil y requiere fuertes dósis de tolerancia, paciencia y comprensión. Creo que ese tipo de vivencias son parte del patrimonio natural de la raza humana y con ellas me identifico.

La historia tiene como escenario principal un pequeño pueblo perdido en la geografía española ¿por qué?

Lo que yo pretendía con esta historia era situar a los personajes en un espacio de esparcimiento, vacacional, en el que pudieran conocerse y reflexionar sobre su propio ritmo de vida. Para eso me pareció perfecto situar la acción en un lugar remoto, que fuera un poco parecido a cualquier pueblo de la geografía española pero sin que nadie pudiera identificar ninguno en concreto. De este modo yo tenía completa libertad para imaginar un lugar ideal, una especie de Arcadia rodeada por la realidad, tanto para los protagonistas como para los lectores. Los pueblos en los que transcurre la narración son inventados al cien por cien. En un perímetro algo mayor se sitúan las ciudades de esa comarca, encabezadas por una inicial y puntos suspensivos, que son mitad realidad y mitad ficción porque se alejan de ese locus amoenus en el que se hallan los personajes. Y más allá, fuera de las fronteras de la comarca, se encuentra el mundo como lo conocemos, con ciudades como Nueva York, Los Ángeles, Salmamanca, Madrid o París. Es la realidad la que contrasta con la ficción y plantea el juego de contrarios (un poco como espejo de lo que sucede también en la obra de Tennessee Williams). Mucha gente me ha preguntado por qué decidí omitir los nombres reales de las ciudades de la comarca, pero solo puedo decir que fue una decisión que me daba más libertad a mí para inventar y también al lector para extrapolar los sucesos de Saucedal a cualquier otro sitio. Esto resta realismo a la novela pero incrementa la sensación de desorientación que también experimentan los personajes, que parecen perdidos y en transición hacia otro lugar. No era mi intención crear descripciones costumbristas de carácter local, ni siquiera gracias a los personajes secundarios, aunque la novela sí se situaba, en mi cabeza, dentro de una región concreta de España cuyo paisaje, la dehesa occidental, me gusta especialmente. Pero esa zona sólo aparece esbozada, no retratada tal cual es.

Has tardado seis años en verla concluida, explícanos un poco la causa: investigación, falta de tiempo, corrección…

Sobre todo por falta de tiempo. Escribir requiere concentración, estar inspirado y un rato largo por delante para que las escenas cobren vida y puedan discurrir a su aire. Las interrupciones no son buenas porque te hacen perder el hilo de una escena. Trabajar, estudiar y escribir al mismo tiempo, además de contar con tiempo para la vida personal, es bastante complicado. Por otro lado, la novela ha sufrido un largo proceso de modificaciones y correcciones una vez acabado el primer borrador. Esa es la parte más dura que hay que realizar después de haber dejado reposar lo escrito unos meses, para recuperar la perspectiva de un lector que se enfrenta al texto en frío.

La novela tiene un tempo pausado, ¿es a propósito?

Sí, como ya dije antes me gustan las novelas inglesas del XIX y en muchas de ellas la historia avanza lentamente, recreándose en los tipos y paisajes descritos. En una novela como Los amables extraños los personajes se conocen por primera vez ese verano y las transformaciones psicológicas tienen lugar gracias a sus conversaciones, por eso debían tener tiempo para hablar y que el lector asistiera a esas charlas que los van definiendo y cambiando a los largo de las casi seiscientas páginas. Me interesaba la idea de marcar con el ritmo esa sensación de tiempo libre, que en un pueblo pasa de manera distinta a como lo hace en la ciudad. El día cunde más porque hay menos cosas que hacer, bueno, hay menos ajetreo, pero todo es más pausado, menos estresante, así avanza la novela, con calma. Además, la atracción entre Juan y Sara tiene que ir surgiendo de manera creíble y coherente, porque, dadas sus circunstancias, no habría tenido ningún sentido el aquí te pillo, aquí te mato y ya está. El enganche entre los dos se produce a nivel físico pero, sobre todo, tiene lugar a otro nivel mucho más complejo y profundo. Eso no se puede construir en diez páginas.

Al no dedicarte en exclusiva a la escritura cómo compaginas esta afición con el trabajo, vida social…

Yo trabajo, soy profesora en un instituto y eso me encanta. Los chavales son divertidos, a pesar de todos los pesares, y te mantienen al día (más o menos), pero también es un trabajo que, sin importar lo que digan los políticos, cansa mucho físicamente y requiere bastante tiempo de preparación de clases en casa. Mantener durante 55 minutos seguidos la atención de una clase entera de chicos que preferirían estar por ahí, de charleta con los amigos, requiere mucha energía mental y una voz a prueba de balas.
El tiempo libre que me queda lo distribuyo entre mi vida familiar, la lectura, el cine y la escritura, así que no me queda mucho para casi nada. De todas formas, es más fácil dedicar horas a escribir una vez que ya llevas un texto avanzado porque él mismo te demanda atención. Lo peor es empezar un cuento o una novela cuando todavía no conoces a sus personajes y su historia, y no los quieres, no te ves obligada a dedicarles espacios del día.

La otra cuestión difícil es terminar una narración, sobre todo cuando te da pena abandonar a esos personajes que te han acompañado durante un espacio de tu vida.

Generalmente los escritores tenemos manías a la hora de escribir ¿tienes tú alguna?

Sí, tengo una manía muy fea en un escritor: odio planificar lo que escribo. Eso es porque yo hago esto por diversión, como un juego de invención que funciona sólo si yo misma me siento intrigada por lo que va a suceder en la historia al final. Eso es, seguramente, mejor para el escritor que para la obra, pero así lo he hecho hasta el momento. Eso no quiere decir que no tenga una idea previa de cómo van suceder los acontecimientos de la trama, pero no soy nada estricta con el esquema inicial y las escenas van construyéndose sobre la marcha.

Y otra manía: sólo escribo directamente a ordenador, nunca a mano. Sin embargo, los esquemas sí los apunto en un papel o una libretilla.

¿Ha sido muy duro el proceso de publicación?

No sabría decirte si ha sido muy duro porque no tengo ninguna otra experiencia de este tipo con la que compararlo. Lo que sí puedo decir es que ha resultado un proceso emocionante e ilustrativo. Empecé a mover la novela a finales de 2011, envié un email a varias editoriales y a diversas agencias literarias, sin respuesta o con rechazos estandar en bastantes de ellas. Después, dos agencias literarias se interesaron por el manuscrito y, finalmente, firmé un contrato de representación con Hera Ediciones. Amalia, su directora, fue muy amable y me ayudó a preparar una carpeta de presentación de la obra para las editoriales (algo de lo que yo no sabía nada). Entonces dos empresas se interesaron por la obra y yo elegí Carena Ediciones porque me gustó su aire humanizador, sus formatos de edición, su preocupación por publicar obras de autores de todo tipo, también de desconocidos totales, como yo -siempre que encontraran el manuscrito interesante- y porque leí un artículo de El País en el que se hacía una entrevista a José Membrive, el editor, que me encantó, me quitó un poco el miedo del novato a entrar en ese mundo desconocido que es el mercado de libros. Luego hablé con una de sus autoras, que estaba contenta, y leí varias novelas publicadas por Carena, entre ellas El sol de Argel, de Esther Ginés y “Escritos mínimos”, de Marcos Vilaseca, y ambas me parecieron muy bien escritas y diferentes a lo que se encuentra por ahí. Eran dos apuestas literarias originales y de calidad. También leí “Donde anidan los sueños” de Blas Gallego, y sus descripciones del paisaje rural de Teruel me parecieron muy evocadoras. Así que firmé con Carena y lo único que tengo que decir es que me ha encantado la experiencia, que es una editorial independiente de verdad con un equipo de gente con la que da gusto trabajar. La edición se lleva a cabo con la colaboración del autor, no hay presión y editan unos libros preciosos. Se acerca mucho a esa idea romántica que yo tenía en la cabeza de lo que es una editorial que realiza una labor artesana.

Y no quiero dejar de mencionar el increíble trabajo que coaching (que ahora está tan de moda), ilustración, edición de booktrailer y hombro en el que llorar de mi amiga barcelonesa Goretti Pérez. Ella leyó la novela y como es una excelente acuarelista, le pedí que elaborase un dibujo para la portada con el que poder presentar la obra a las editoriales. Y el resultado es la ilustración preciosa que presenta el libro editado finalmente por Carena. Me faltan palabras para darle las gracias.

Actualmente, ¿estás con alguna nueva novela?

Ahora estoy acabando unos cuentos inspirados en la colección de acuarelas de Goretti Pérez titulada “Amor, juegos y penas”. La narración breve es muy difícil porque los defectos se ven enseguida y no hay espacio ni tiempo para enmendarlos.

Por otro lado sí tengo ya esbozado el esquema de otra novela que espero empezar este año que va a comenzar… a ver si me lleva menos tiempo que la anterior.

¿Tienes algún autor que te influya a la hora de escribir?

Bueno, hay muchos. Ya he mencionado a mis escritoras inglesas decimonónicas, como Jane Austen (“Emma”), Elizabeth Gaskell (“Norte y Sur”), George Elliot (“Middlemarch”), Charlotte Brönte (“Jane Eyre”) o Emily Brönte (“Cumbres borrascosas”). Menciono sus obras porque yo creo que, más que el escritor, lo que marca es su legado escrito. A mí me gustan títulos concretos de escritores variados, así que voy a mencionar aquí una lista breve de textos que me han emocionado y que yo reverencio, literariamente hablando: “Tom Jones” de Henry Fielding; “La princesa de Cléves” de Madame de La Fayette; “Suave es la noche” y los cuentos de F. Scott Fitzgerald; “Crimen y Castigo” de F. Dostoievski; “Rojo y Negro” de Stendhal; “Fortunata y Jacinta”, de Galdós; “La Regenta” de Clarín; “El señor de Bembibre” de Gil y Carrasco; todos los artículos de Larra; “Postales de invierno” de Anne Beatie; “Rayuela” de Cortázar o “Jude, el oscuro”, de Thomas Hardy. Podría mencionar más lecturas inolvidables pero cualquiera de estas lo ha sido sin duda.

Bueno Julia ha sido un placer estar inmersa en tu historia, muchas gracias por brindarnos esta oportunidad y esperamos que obtengas muchos éxitos.